Crédito columna: Marcelo Berenstein, socio en Vinculadores.
Arranquemos con una contradicción que aquellos que siguen el día a día de las inversiones en Paraguay, seguro escucharon más de una vez.
Por un lado, tenemos a la Cámara de Empresas Maquiladoras del Paraguay diciendo, con todo el orgullo del mundo, que el trabajador paraguayo rinde más que sus pares en otros países. No es un dato suelto: la propia CEMAP habla de una mano de obra hasta un 25% más eficiente que la de otras plantas del mismo grupo instaladas en otros países de la región. Y no es la única voz. Desde el CNIME —el Consejo Nacional de la Industria Maquiladora de Exportación— se viene repitiendo hace años el mismo mensaje: mano de obra joven, calificada, y con una capacidad de adaptación que sorprende a las matrices en el exterior. El sector viene de exportar más de mil millones de dólares al año, con un crecimiento sostenido de casi 25% anual en la última década, y hoy ronda las 340 empresas instaladas en el país. Ese crecimiento no se sostiene solo con incentivos impositivos. Algo del lado del capital humano tiene que estar funcionando.
Ahora, cambiemos de escenario. Siéntense a tomar un café con un empresario extranjero que vino a instalar su empresa en Paraguay, pero por fuera del régimen de maquila —una pyme, un comercio, una industria local que no exporta bajo ese paraguas—. La conversación, casi siempre, deriva hacia el mismo lugar: la dificultad para conseguir gente que cumpla el horario. Que no falte los lunes. Que, si no va a venir, avise antes y no después. Que honre el compromiso que firmó. Es una queja tan repetida que ya casi se volvió un lugar común entre los inversores que llegaron desde el exterior.
Entonces la pregunta que nos interesa es ¿cómo conviven estos dos relatos? ¿Está mintiendo alguien? ¿O simplemente estamos hablando de dos cosas distintas con el mismo nombre?
Dos fotos, dos poblaciones distintas
Lo primero que hay que decir es que estas dos observaciones probablemente no estén midiendo lo mismo.
La maquila opera bajo un régimen con reglas claras, marco legal específico, contratos aprobados por el CNIME, y —esto es clave— procesos de selección y capacitación mucho más estructurados. Cuando una empresa extranjera instala una planta maquiladora en Paraguay, generalmente trae consigo estándares de reclutamiento, entrenamiento inicial, supervisión de mandos medios entrenados específicamente para sostener la disciplina operativa, y sistemas de medición de desempeño que ya vienen probados en otras plantas del mundo. En otras palabras: la maquila no contrata «mano de obra paraguaya en general». Contrata una muestra filtrada, entrenada y gestionada con una metodología que muchas veces el resto del mercado local no tiene ni los recursos ni la escala para replicar.
El inversor que llega por fuera de ese régimen, en cambio, suele desembarcar con una estructura mucho más chica. Sin área de Recursos Humanos robusta. Sin un proceso de selección tan filtrado. Y muchas veces sin entender todavía los códigos culturales locales: qué significa un aviso de ausencia acá, cómo se maneja la puntualidad, qué prioridad tienen ciertos compromisos familiares o comunitarios frente al trabajo formal.
Entonces el «punto medio» empieza a aparecer justo ahí: no es que el trabajador paraguayo sea de por sí más o menos disciplinado. Es que el desempeño depende muchísimo del sistema que lo rodea —selección, entrenamiento, supervisión, cultura organizacional— y ese sistema varía enormemente entre una planta maquiladora con quince años de rodaje y una pyme que recién está armando su primer equipo en el país.
La informalidad, el elefante en la sala
Hay otro dato que no podemos dejar afuera: Paraguay sigue teniendo una tasa alta de informalidad laboral que supera el 60%. Buena parte de la fuerza de trabajo se mueve, en algún momento de su vida laboral, entre changas informales, comercio ambulante y trabajo dependiente formal. Esa alternancia genera hábitos que no siempre calzan con la lógica de horario fijo y asistencia perfecta que exige una fábrica o una oficina.
No es una cuestión de actitud individual, es estructural. Cuando una parte importante de la economía funciona con lógicas informales —sin sanción por faltar, sin contrato que te obligue a avisar con antelación—, esos hábitos migran también al empleo formal cuando alguien recién está entrando a él. La maquila, al operar como un ecosistema más cerrado y con beneficios más visibles y estables, logra filtrar y retener mejor a quienes ya vienen con esos hábitos incorporados, o los construye rápido puertas adentro.
Entonces, ¿dónde está el punto medio?
Yo creo que el punto medio no es «la maquila exagera» ni «los inversores extranjeros se quejan de más». Los dos tienen razón, pero están describiendo etapas distintas de un mismo proceso.
El trabajador paraguayo, una vez que está dentro de un sistema con reglas claras, buena supervisión de mandos medios y un incentivo real de estabilidad, rinde muy bien —ahí están los números de la maquila para probarlo—. El problema no está en el techo de desempeño, está en el piso: en la etapa de selección, en la instalación de hábitos de disciplina laboral, y en la cultura organizacional que cada empresa logra —o no— construir desde el primer día.
Para el inversor que llega de afuera y no tiene la escala ni la experiencia de la maquila, la recomendación práctica sería esta: invertir más tiempo del que imaginan en el proceso de selección y en el onboarding de las primeras semanas. No asumir que la disciplina laboral viene dada, sino construirla activamente con mandos medios bien entrenados —muchas veces paraguayos que ya pasaron por la maquila y saben exactamente cómo gestionar ese salto—. Y entender que las políticas de ausentismo, permisos y puntualidad tienen que estar claras y comunicadas desde el día uno, no asumidas como sentido común compartido.
Cierre
Al final del día, la mano de obra paraguaya no es una sola cosa. Es un potencial que responde, y responde bien, cuando el sistema que la rodea está bien armado. La maquila lo demuestra con números. Los inversores que se quejan probablemente están viendo el costo de no haber invertido todavía en ese sistema.
La pregunta que le dejo al inversor que está por instalarse en Paraguay no es «¿va a rendir mi gente?» sino «¿estoy dispuesto a construir el sistema que hace que rinda?».
