Alexandra Perini – analista
Durante años, hablar de Paraguay en el mundo empresarial regional era casi siempre hablar de costos. Energía barata, impuestos bajos, mano de obra competitiva. El país aparecía en muchas conversaciones como una alternativa eficiente dentro del Mercosur, especialmente para industrias que buscaban aliviar estructuras cada vez más pesadas en otros mercados de la región.
Pero algo empezó a cambiar.
Y quizás el cambio más interesante es que Paraguay comenzó a ganar valor no solamente por ser más barato, sino por ofrecer algo que en Sudamérica se volvió cada vez más difícil de encontrar: cierta sensación de estabilidad.
Eso se percibe mucho cuando uno conversa con empresarios que operan en distintos países de la región. Ya no hablan únicamente de impuestos o costos laborales. Hablan de desgaste. De la dificultad de planificar. De cambios constantes de reglas, presión fiscal creciente, incertidumbre política y estructuras cada vez más difíciles de sostener.
En ese contexto, Paraguay empezó a verse diferente.
No porque sea perfecto. Está lejos de serlo. Pero porque todavía mantiene algunas condiciones que para muchas empresas hoy tienen enorme valor: previsibilidad macroeconómica relativa, costos energéticos competitivos, una presión tributaria moderada y, sobre todo, una sensación de que todavía es posible ejecutar proyectos sin quedar atrapado en niveles extremos de burocracia o inestabilidad.
Eso ayuda a explicar por qué el perfil de quienes miran Paraguay también comenzó a cambiar.
Hace algunos años, gran parte del interés estaba concentrado en empresas que buscaban producir más barato. Hoy aparecen conversaciones mucho más amplias. Empresas que analizan mover parte de sus operaciones regionales, grupos que buscan diversificar riesgos o compañías que necesitan plataformas más ágiles para exportar y crecer dentro del Mercosur.
La maquila sigue siendo un gran atractivo, pero ya no alcanza para explicar todo el fenómeno. Lo que empieza a construirse es algo más profundo: la idea de Paraguay como pieza estratégica dentro de operaciones regionales.
También hay un factor internacional que influye. El mundo se volvió más caro, más incierto y más fragmentado. Las empresas están revisando cadenas logísticas, buscando reducir exposición a determinados mercados y priorizando países donde todavía puedan proyectar inversiones con cierta tranquilidad.
Ahí Paraguay empezó a ganar espacio silenciosamente.
Tal vez por eso el país aparece cada vez más en conversaciones vinculadas a tecnología, servicios, agronegocios sofisticados, créditos de carbono o infraestructura digital. No porque ya sea un líder regional en todos esos sectores, sino porque muchos empiezan a verlo como un terreno con potencial para crecer en los próximos años.
Claro que el desafío ahora es otro.
Porque una cosa es atraer atención y otra muy distinta es consolidar confianza de largo plazo. Paraguay todavía necesita mejorar infraestructura, formación técnica, institucionalidad y capacidad de ejecución pública. También necesita evitar un error frecuente: venderse al mundo únicamente como un país barato.
Esa narrativa puede servir para generar interés inicial, pero termina siendo limitada. Las empresas que realmente logran crecer en Paraguay entienden rápidamente que operar aquí requiere adaptación, conocimiento local y capacidad de construir relaciones de largo plazo.
El país está entrando en una etapa donde ya no alcanza con competir solo por costos. La discusión empieza a ser más sofisticada. Cada vez más empresas se preguntan qué papel puede jugar Paraguay dentro de su estrategia regional y no únicamente cuánto pueden ahorrar operando aquí.
Y quizás ahí esté el verdadero cambio.
Paraguay comenzó a dejar atrás la imagen de simple alternativa económica para transformarse, lentamente, en un activo estratégico dentro de Sudamérica.
