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Raúl Valdez: “Paraguay tiene una base agrícola sobre la cual puede seguir desarrollando industria y nuevas cadenas de valor”

El presidente de la Cámara Paraguaya de Procesadores de Oleaginosas y Cereales (Cappro), Raúl Valdez, señaló que la agroindustria paraguaya enfrenta el desafío de sostener una mayor industrialización en un escenario marcado por riesgos climáticos, variaciones cambiarias y mayores exigencias de competitividad. Para el gremio, infraestructura, previsibilidad y condiciones que permitan agregar valor localmente serán determinantes para consolidar el crecimiento del sector.

La agroindustria paraguaya cuenta con capacidad instalada y una base productiva que permiten avanzar hacia una mayor transformación de materias primas dentro del país, pero ese proceso depende de condiciones que van más allá del volumen de la cosecha.

Para Raúl Valdez, presidente de la Cappro, factores como el clima, la logística, el tipo de cambio, los márgenes de procesamiento y la previsibilidad económica forman parte de una misma ecuación para sostener la competitividad de la industria.

“Paraguay tiene una base agrícola sobre la cual puede seguir desarrollando industria, empleo y nuevas cadenas de valor. Tenemos que acompañar ese potencial con infraestructura, reglas previsibles y condiciones que hagan viable seguir invirtiendo en el país”, sostuvo.

El clima obliga a anticipar decisiones

Uno de los factores que concentra la atención del sector es el comportamiento climático y sus posibles efectos sobre la próxima campaña.

Valdez explicó que las decisiones deben tomarse con anticipación y contemplando escenarios extremos, ya que el impacto final dependerá de la intensidad de las lluvias, su distribución geográfica y el momento del ciclo agrícola en el que se produzcan.

“Una buena disponibilidad de agua puede favorecer la campaña, mientras que los excesos pueden afectar la siembra, los rendimientos o la cosecha”, señaló.

Para la industria, el desafío no se limita a cuánto grano puede producirse. También importan su calidad y la posibilidad de trasladarlo oportunamente hasta las plantas procesadoras.

Las precipitaciones persistentes durante la cosecha pueden retrasar la recolección, elevar la humedad del grano y aumentar las necesidades de secado y almacenamiento, además de generar dificultades logísticas.

Estas condiciones pueden terminar repercutiendo en la disponibilidad de materia prima y, por esa vía, en el ritmo de molienda de las industrias.

“La prioridad es transformar la información climática en decisiones que permitan reducir la exposición y sostener la actividad”, expresó Valdez.

Logística e infraestructura para sostener la cadena

El impacto del clima también alcanza a la logística. En el transporte fluvial, por ejemplo, una recuperación de los niveles de los ríos puede mejorar los calados y ampliar la capacidad de carga, mientras que una crecida extraordinaria puede provocar corrientes más fuertes, restricciones operativas y problemas en los puertos.

Valdez señaló que la prevención requiere combinar información sobre lluvias, niveles y caudales con una adecuada programación del abastecimiento, los inventarios y los embarques.

“La disponibilidad de información hidrológica confiable es fundamental para toda la cadena”, sostuvo.

En una perspectiva más amplia, el titular de la Cappro considera prioritarias las inversiones destinadas a garantizar continuidad a las operaciones.

Entre ellas mencionó caminos de todo tiempo, sistemas de drenaje, capacidad adecuada de almacenamiento y secado, accesos portuarios y una hidrovía con mantenimiento y señalización permanentes.

Dentro de las plantas industriales, agregó, también resultan claves la confiabilidad del suministro eléctrico, la eficiencia energética y la incorporación de tecnología a los procesos.

“La infraestructura debe acompañar el crecimiento productivo y permitir que una mayor parte de ese crecimiento se transforme en valor agregado dentro del país”, señaló.

El dólar y la competitividad exportadora

Las variaciones del tipo de cambio constituyen otro de los elementos que inciden directamente sobre el sector.

Valdez explicó que una parte importante de los ingresos de la industria y de sus compras de materia prima está vinculada al dólar, mientras que una proporción de los costos se mantiene denominada en guaraníes.

Cuando el dólar pierde valor frente a la moneda local, se necesitan más dólares para cubrir una misma obligación en guaraníes, una situación que puede ejercer presión sobre los márgenes de las empresas exportadoras.

“La velocidad de los movimientos también importa. Una variación brusca puede alterar presupuestos y compromisos asumidos con otra estructura de costos”, afirmó.

La relación, sin embargo, no es lineal. Una cotización más baja también puede abaratar en guaraníes determinadas compras de maquinaria, repuestos o insumos importados.

El resultado final depende de cómo estén estructurados los ingresos y las obligaciones de cada compañía.

A esto se suma la comparación con países competidores. Cuando el guaraní se aprecia en mayor medida que otras monedas de la región, los costos locales expresados en dólares pueden subir relativamente y afectar la competitividad de los productos paraguayos.

“En mercados donde los precios se determinan internacionalmente, esa diferencia presiona la rentabilidad y reduce nuestra capacidad de ofrecer condiciones comerciales competitivas”, explicó.

Agregar valor como objetivo de largo plazo

Para Valdez, la discusión cambiaria debe analizarse dentro de un objetivo más amplio: generar condiciones que permitan transformar una mayor parte de la producción agrícola en Paraguay.

“Para Paraguay, la cuestión de fondo es sostener condiciones que hagan viable agregar valor localmente. Esa capacidad de transformar la producción es la que queremos fortalecer”, manifestó.

En esa dirección, la Cappro plantea que la previsibilidad tiene un valor concreto para las inversiones industriales, que normalmente se proyectan a varios años.

Las empresas cuentan con herramientas para administrar parte del riesgo cambiario, entre ellas la coordinación de cobros y pagos por moneda, la planificación financiera y distintos mecanismos de cobertura.

Sin embargo, estas medidas no eliminan los efectos de cambios persistentes en los costos relativos.

“Una mayor incertidumbre exige revisar presupuestos y supuestos de rentabilidad. Las inversiones industriales se evalúan a varios años. La previsibilidad tiene un valor concreto porque permite asumir compromisos, modernizar instalaciones y proyectar crecimiento con mayor confianza”, explicó.

Un seguimiento permanente de la economía real

La Cappro también plantea la necesidad de establecer un espacio permanente de monitoreo entre las autoridades económicas y los sectores productivos para evaluar los efectos que los movimientos cambiarios y los flujos de capital pueden generar sobre la producción.

Valdez considera que una economía en expansión y una mayor llegada de capital extranjero modificarán progresivamente la oferta y demanda de divisas, con efectos sobre las condiciones en las que las empresas producen, invierten y compiten.

Por ello, el gremio propone una mesa técnica permanente que permita compartir información y anticipar impactos sobre competitividad, empleo e inversión.

“La autonomía del Banco Central debe preservarse plenamente. Desde el sector productivo queremos aportar evidencia sobre la economía real y contribuir a que el crecimiento del país se traduzca también en una mayor capacidad de producir, industrializar y exportar”, afirmó.

Para Valdez, el escenario más favorable para la agroindustria es aquel que combine estabilidad macroeconómica, una evolución cambiaria ordenada y condiciones competitivas para producir e invertir.

El desafío, según plantea, consiste en que los buenos ciclos productivos no sean episodios aislados, sino que permitan incrementar de manera sostenida el procesamiento local y generar nuevas cadenas de valor.

El desempeño reciente de la industria

Los datos correspondientes a 2026 muestran una recuperación del procesamiento de soja. Hasta septiembre se habían industrializado casi tres millones de toneladas, 12,5% más que en el mismo periodo de 2025 y el mayor acumulado para los primeros nueve meses desde 2016. La utilización de la capacidad instalada alcanzó el 83%.

En paralelo, las exportaciones de productos industrializados de soja generaron US$ 1.164 millones hasta septiembre, un incremento interanual de 24%. El complejo sojero en su conjunto alcanzó aproximadamente US$ 4.272 millones y representó el 42% de las exportaciones registradas del país.

Valdez remarcó, sin embargo, que un aumento de las exportaciones no implica necesariamente una mejora equivalente de la rentabilidad, ya que deben considerarse simultáneamente el costo de la materia prima, los gastos industriales, la logística y el comportamiento del tipo de cambio.

La prioridad para el sector es que esta recuperación pueda transformarse en una mayor utilización sostenida de las instalaciones y en nuevas oportunidades de industrialización.

“Debemos consolidar este desempeño y darle continuidad, con condiciones que permitan planificar más allá de un buen año”, concluyó.

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