Crédito columna: Marcelo Berenstein, socio en Vinculadores.
Un amigo, profundo conocedor de los negocios y política del Paraguay, me dijo hace un tiempo que el boom de los extranjeros en Paraguay no se explicaba por el clima, ni por la carne, ni por la chipa ni siquiera por el tereré. Se explicaba, dijo, por el algoritmo.
Y tiene razón. El presidente Peña salió a vender el país con una energía digna de un beduino participando en foros en Dubái, cumbres en Europa, apretones de manos en Asia, selfies varias en Estados Unidos, entre otros.
Y el algoritmo —ese Dios moderno que decide qué existe y qué no— empezó a hacer su trabajo silencioso. Paraguay comenzó a aparecer en los primeros puestos cada vez que alguien, desde un departamento frío en cualquier ciudad del mundo, tecleaba: “países tranquilos”, “países baratos”, “países sin guerra”, “países sin riesgo islámico”, “países con impuestos bajos”, etc.
Y ahí estábamos nosotros. Primeros en el ranking. Protagonistas del sueño ajeno.
El algoritmo nos favoreció con una generosidad que no pedimos y que tampoco supimos del todo merecer. Llegaron los nómadas digitales, los jubilados europeos, los inversores con valija liviana y ojos brillantes. Llegaron a buscar lo que el algoritmo les prometió: la Triple P de paz, precio y posibilidad.
Pero el algoritmo, señoras y señores, no tiene banderas ni favoritos permanentes.
El mismo mecanismo que te pone en el mapa, te deja expuesto. Con lo bueno y con lo que preferiríamos que no indexara.
Hoy ese mismo algoritmo empieza a indexarnos con otras palabras clave. Palabras que también se teclean desde departamentos fríos, pero con otra temperatura emocional: “me estafaron en Paraguay”, “desarrollador inmobiliario que no entrega”, “proyecto de real estate abandonado en Asunción”, “cómo recuperar mi inversión en Paraguay”.
Son extranjeros que llegaron buscando el paraíso terrenal low cost y terminaron siendo estafados por los «lobos de Wall Street» versión eje corporativo
Y ahí estamos nosotros, también. Trepando en ese ranking.
Los extranjeros desencantados llegaron con un sueño construido en píxeles y se encontraron con la realidad construida —y a veces, no construida— en cemento. O en promesas. O en planos que nunca pasaron de ser planos. Desarrolladores que vendían metros cuadrados de futuro y entregaban metros cuadrados de silencio.
El algoritmo, como toda herramienta poderosa, es moralmente neutro. Amplifica lo que hay. Si hay excelencia, la multiplica. Si hay fraude, también.
Mi amigo tenía razón en el diagnóstico. Lo que no dijo —quizás porque en ese momento el café estaba perfecto y no convenía arruinar el momento— es que el algoritmo no distingue entre el Paraguay que queremos ser y el Paraguay que a veces somos.
Esa distinción, lamentablemente, no la resuelve ningún algoritmo. La resolvemos nosotros. O no la resolvemos.
Y entonces el algoritmo, fiel a su naturaleza, seguirá contándolo igual.
