Crédito columna: Rodrigo Serafini, de Avalon Administradora de Fondos Patrimoniales.
La Reserva Federal de Estados Unidos se prepara para un cambio de mando en un momento especialmente delicado para la economía global. El mandato de Jerome Powell como presidente de la Fed finaliza el 15 de mayo, mientras Kevin Warsh, nominado por Donald Trump para sucederlo, avanza en el proceso de confirmación ante el Senado estadounidense.
El cambio no llega en una etapa de crisis abierta, pero tampoco en un escenario cómodo. La economía estadounidense sigue creciendo, el mercado laboral se mantiene relativamente firme y, al mismo tiempo, la inflación volvió a mostrar señales de persistencia. Esa combinación deja a la Fed frente a una transición donde cualquier decisión puede tener costos.
El debate ya no pasa solamente por cuándo bajar las tasas. La pregunta de fondo es otra: cuánto margen tiene la Fed para acompañar a la economía sin debilitar su credibilidad frente a la inflación.
Crecer ya no alcanza
El primer trimestre de 2026 mostró una economía todavía en expansión. El PIB real de Estados Unidos creció 2,0% anualizado, por debajo de la expectativa de 2,3%, pero todavía lejos de una señal recesiva. Según el Bureau of Economic Analysis, el dato reflejó mejoras en inversión, exportaciones y gasto público, aunque con una moderación en el consumo.
A simple vista, el crecimiento sigue siendo positivo. Sin embargo, el problema aparece cuando se lo mira junto con la inflación. El índice de precios del gasto de consumo personal, conocido como PCE y seguido de cerca por la Fed, aumentó 4,5% anualizado en el trimestre. El PCE subyacente, que excluye alimentos y energía, subió 4,3%. Ambos indicadores se ubican claramente por encima de la meta de 2% de la Reserva Federal.
Ese es el punto incómodo: la economía crece, pero no lo suficiente como para despejar dudas; y la inflación baja, pero no lo suficiente como para permitir una política monetaria más flexible sin riesgos.
La inflación volvió a ocupar la sala
En marzo, el PCE aumentó 3,5% interanual, mientras que el PCE subyacente avanzó 3,2%. En términos mensuales, el PCE general subió 0,7% y el subyacente 0,3%.
Esto importa porque la inflación estadounidense ya no puede leerse únicamente como un fenómeno superado. La presión de precios vuelve a instalarse en el centro de la discusión, en un contexto marcado por tensiones geopolíticas, precios de energía y expectativas de inflación que el mercado monitorea con especial atención.
Para la Fed, esa diferencia es crucial. Una inflación elevada por factores de oferta puede ser más difícil de atacar con tasas de interés. Pero si esa inflación empieza a filtrarse hacia expectativas, salarios y precios subyacentes, el banco central pierde margen para actuar con paciencia.
El empleo todavía sostiene el relato
La principal razón por la cual no se puede hablar de una estanflación clásica es el mercado laboral. En marzo, la tasa de desempleo se ubicó en 4,3%, con 7,2 millones de personas desempleadas. El Bureau of Labor Statistics señaló que ambas medidas cambiaron poco durante el mes.
Es decir, la economía no muestra todavía un deterioro brusco del empleo. Este sigue siendo el punto más sólido del cuadro macroeconómico estadounidense. Sin embargo, cuando se combinan inflación y desempleo, el diagnóstico se vuelve menos confortable.
Una lectura simple del llamado Misery Index, que suma inflación y desempleo, ubica el indicador cerca de 7,8 si se toma el PCE interanual de 3,5% y el desempleo de 4,3%. No es un nivel de crisis, pero sí refleja una economía más incómoda que la que la Fed quisiera administrar.
Por eso, algunos analistas empiezan a hablar de una especie de “estanflación ligera” o stagflation lite: una economía que no está en recesión, pero que crece con menos holgura; una inflación que no está fuera de control, pero sigue lejos de la meta; y un empleo que resiste, pero que ya no alcanza para tranquilizar completamente al mercado.
