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Vaca muerta guaraní

Querido lector, te invito a sacudirnos el polvo del Chaco para hablar de un rumor que, de confirmarse, podría reescribir la historia económica del Paraguay: la posibilidad real de que estemos sentados sobre nuestro propia «Vaca Muerta».

Crédito columna: Marcelo Berenstein, socio en Vinculadores.

Cuando Argentina habla de Vaca Muerta, habla de una formación geológica que está redefiniendo su economía: reservas de gas y petróleo no convencional que generaron inversiones por 8.900 millones de dólares en inversiones 2025, y que convirtieron al país en uno de los actores energéticos más relevantes del hemisferio sur. Esa historia de descubrimiento tardío, de riqueza dormida bajo la superficie, tiene un paralelo cada vez más concreto al norte del Pilcomayo. Y ese paralelo se llama Paraguay.

Durante décadas, nuestro país fue considerado —con cierta condescendencia geológica— como un territorio pobre en recursos minerales. La narrativa era sencilla: Paraguay tenía agua, tierra fértil y energía hidroeléctrica. Nada más. Pero esa narrativa está siendo desafiada por los datos, una prospección tras otra.

Exploraciones realizadas en los últimos años han comprobado la existencia de vetas de litio, titanio, cobre y uranio bajo tierras paraguayas. No son rumores ni especulaciones de campaña política. Son resultados técnicos que están cambiando el mapa del país. Las prospecciones han identificado oro en Guairá, uranio con recursos probados, titanio en Alto Paraná, tierras raras en las regiones de Amambay y el Alto Chaco, y yeso en el Chaco Central. Además, reportes recientes confirman la detección de litio en el Chaco, específicamente en la zona limítrofe que converge con Bolivia y Argentina.

Ese último dato es clave. El denominado Triángulo del Litio —entre Argentina, Bolivia y Chile— concentra el 60% de las reservas mundiales de ese metal, indispensable para las baterías de autos eléctricos y el almacenamiento de energía renovable. El viceministro de Minas y Energías, Mauricio Bejarano, ha dicho que «sería un sueño que se pueda extraer litio en el Chaco», y que «tiene todos los indicios de que se pueda dar». Un sueño con fundamento técnico: actualmente existen siete solicitudes de permisos de prospección para litio en la región del Chaco, de las cuales seis ya fueron aprobadas. La empresa Chaco Minerals, un consorcio paraguayo-canadiense, lleva adelante estudios en el departamento de Boquerón con una proyección de inversión de 700 millones de dólares.

Pero el litio no es el único jugador en este tablero. Los proyectos más avanzados son los de uranio y titanio: en el caso del uranio, ya se cuenta con recursos cuantificados y evaluados geológicamente. Y en cuanto al titanio, los proyectos contemplan también la presencia de hierro y posiblemente vanadio como subproducto, lo que amplía el valor económico de su explotación. El mismo representante del sector estima que en un plazo de tres a cuatro años se podría iniciar el desarrollo de la mina, por lo que prácticamente ya pueden considerarse proyectos consolidados.

La demanda global de estos minerales no está bajando. Todo lo contrario: la transición energética mundial los está convirtiendo en commodities estratégicos del siglo XXI. El titanio tiene alta demanda en la industria aeroespacial, en la fabricación de pigmentos y en energías renovables. Las tierras raras son esenciales para los imanes de turbinas eólicas y motores eléctricos. El uranio regresa al centro del debate energético global ante el renovado interés en la energía nuclear. Paraguay tiene todos estos minerales. Y eso llama la atención de inversores de todo el mundo.

Además, hoy Paraguay está jugando una partida de ajedrez geopolítica brillante con el Gasoducto Bioceánico. El gobierno busca convencer a Argentina y Brasil de que la ruta más corta, llana y barata para llevar el gas de la Vaca Muerta neuquina hasta el gigantesco polo industrial de São Paulo es tender 530 kilómetros de caños pegados al asfalto de nuestra Ruta Bioceánica.

Eso nos convertiría automáticamente en un hub logístico de peaje energético. Pero aquí está la verdadera jugada maestra que el país tiene que buscar: ese gasoducto no puede servir únicamente para ver pasar el gas ajeno. Tiene que ser la autopista para exportar nuestras propias moléculas. Si logramos abrir el caño regional, tenemos que llenarlo con el gas de nuestro subsuelo.

Un estudio reciente encargado por el Ministerio de Industria y Comercio a la consultora McKinsey identificó a la minería como uno de los factores clave para duplicar el PIB del país en los próximos diez años. Y el camino para llegar a ese número pasa por lo que se haga —o no se haga— en los próximos años.

Entonces, ¿qué debería hacer Paraguay para no desperdiciar esta oportunidad?

Actualizar el marco legal. El Gobierno ha puesto en marcha un proceso para desarrollar una nueva Ley Minera y un Código Minero revisado, con el objetivo de atraer capital extranjero y generar mayor seguridad jurídica para los inversores. Este paso es urgente e impostergable. La historia regional enseña que los recursos naturales sin reglas claras se convierten en fuente de conflictos, no de desarrollo. Argentina tardó años en alinear los incentivos regulatorios necesarios para que Vaca Muerta pasara de promesa a realidad productiva. Paraguay no puede permitirse ese mismo retraso.

Generar información geológica propia. El país está en un estado incipiente en minería, como lo reconoce el propio viceministro. El Estado debe invertir en cartografía geológica nacional para saber exactamente qué tiene bajo sus pies, antes de negociar con privados. Quien tiene la información tiene el poder de negociación.

Infraestructura, infraestructura, infraestructura. El Chaco tiene potencial mineral enorme, pero acceder es caro y complejo. El viceministro ha señalado que la mejora en la logística del Chaco podría destrabar el aprovechamiento comercial de varios minerales, beneficiando tanto al Estado como al mercado interno. Sin rutas, sin energía, sin conectividad, ningún yacimiento es rentable.

No repetir el error del extractivismo puro. El escenario actual apunta a la exportación de materia prima, pero si se desarrollan industrias que demanden estos minerales, podrían procesarse localmente. Chile lleva décadas exportando cobre sin haber logrado industrializarlo de forma plena. Paraguay tiene la oportunidad de aprender de esos errores y apostar, desde el inicio, a una minería con valor agregado: no solo extraer, sino transformar.

No confundir potencial con riqueza. El potencial minero de Paraguay es real y creciente. Pero como muestra la experiencia argentina con Vaca Muerta, o la de Bolivia con el litio —que tiene enormes reservas pero escasa producción—, los recursos bajo tierra no se convierten en desarrollo por inercia. Se convierten en desarrollo cuando hay instituciones sólidas, política de largo plazo, transparencia en los contratos y beneficios que efectivamente lleguen a las comunidades locales.

Paraguay está en la antesala de una transformación minera. La pregunta no es si tiene los recursos. La pregunta es si tiene la madurez institucional para convertirlos en prosperidad real. Y esta es la conversación más importante que necesitamos tener como país.

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