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Tener industria no es lo mismo que construir una economía industrial

Crédito columna: Alexandre Perini, economista, desarrollador de negocios.

Paraguay ya tiene una industria con un peso relevante en su economía. Sin embargo, la cuestión que empieza a ganar importancia no es solamente cuánto produce el país, sino cuánto consigue desarrollar alrededor de esa producción.

El pasado 8 de septiembre, Día de la Industria, permitió poner este proceso en perspectiva. Más que una fecha para reconocer el aporte del sector, puede ser una oportunidad para observar qué está ocurriendo con la estructura productiva paraguaya y, sobre todo, hacia dónde debería avanzar durante los próximos años.

Los datos muestran que la transformación ya tiene una dimensión considerable. Según información del Ministerio de Industria y Comercio (MIC), con datos del Banco Central del Paraguay (BCP) y del Instituto Nacional de Estadística (INE), el sector manufacturero representa el 19% del Producto Interno Bruto, equivalente a unos US$ 8.548 millones. Paraguay cuenta además con 29.771 industrias manufactureras y alrededor de 333.000 personas vinculadas al empleo manufacturero. En 2024, las exportaciones industriales alcanzaron US$ 5.692 millones, mientras que las inversiones en el sector llegaron a US$ 2.862 millones.

Estos números muestran que la manufactura ya no puede ser considerada una actividad secundaria dentro de la economía paraguaya. Pero también plantean una pregunta más relevante: ¿qué tan profunda es realmente esa industrialización?

Porque instalar una fábrica y construir una economía industrial no son exactamente lo mismo.

Una planta puede transformar una materia prima, generar empleo y exportar. Pero su impacto económico puede ser mucho mayor cuando alrededor de esa operación comienzan a desarrollarse proveedores, servicios especializados, tecnología, logística, capacitación y nuevas empresas.

Ese efecto multiplicador es particularmente importante para un país como Paraguay. Cuando una materia prima es procesada dentro del territorio nacional, una mayor parte del valor generado puede permanecer en la economía local. Pero el verdadero salto ocurre cuando esa transformación comienza a generar nuevas capacidades productivas alrededor de ella.

Una industria necesita transporte y logística. Necesita mantenimiento, software, seguros, financiamiento, profesionales especializados y proveedores de diferentes niveles. También necesita infraestructura y condiciones que permitan ampliar su operación. Cada uno de esos requerimientos puede convertirse, a su vez, en una oportunidad para otra empresa paraguaya.

Es allí donde la industrialización empieza a adquirir una dimensión diferente.

El desafío ya no consiste únicamente en atraer una nueva planta, sino en conseguir que esa planta contribuya a aumentar la densidad económica del país.

Paraguay cuenta con ventajas importantes para avanzar en esa dirección. La disponibilidad de energía competitiva, la producción de materias primas, la ubicación geográfica y la estabilidad macroeconómica forman parte de una combinación que ha contribuido a atraer nuevas inversiones y ampliar la capacidad productiva.

Pero ninguna de esas ventajas funciona de manera aislada.

La competitividad industrial también depende de la infraestructura, los costos intermedios, la logística, la burocracia, la seguridad jurídica y la disponibilidad de talento. Una empresa puede encontrar condiciones atractivas para instalarse en Paraguay y, al mismo tiempo, enfrentar dificultades cuando necesita desarrollar proveedores, incorporar determinados perfiles profesionales o ampliar rápidamente su operación.

Por eso, la discusión sobre competitividad debería ser más amplia que la cuestión tributaria.

Una economía industrial necesita un ecosistema capaz de acompañar el crecimiento de las empresas.

Esto también ayuda a explicar por qué el desarrollo de proveedores locales adquiere tanta importancia. Una parte de los insumos, componentes y tecnologías utilizados por las industrias todavía proviene del exterior. En una primera etapa, esto puede ser completamente natural: las empresas necesitan integrarse rápidamente a cadenas productivas internacionales y utilizar proveedores que ya cuentan con escala, tecnología y experiencia.

Pero a medida que el sector crece, aparece una oportunidad diferente.

Paraguay puede comenzar a desarrollar progresivamente capacidades propias en algunos de esos eslabones. No necesariamente para sustituir todas las importaciones, sino para aumentar la participación de empresas locales en cadenas de mayor valor.

Ese proceso puede generar un efecto acumulativo. Un proveedor que comienza trabajando para una industria puede posteriormente atender a otras empresas. Un servicio especializado puede adquirir escala. Un trabajador capacitado en una planta puede llevar ese conocimiento a otra organización. Una empresa tecnológica puede desarrollar una solución para el sector manufacturero y después exportarla.

La industrialización, en ese sentido, no ocurre solamente dentro de las fábricas. También ocurre en todo lo que comienza a desarrollarse alrededor de ellas.

Y esta dimensión tiene una relación directa con el mercado laboral. Paraguay todavía enfrenta niveles elevados de informalidad y una parte importante de la ocupación continúa concentrada en actividades de menor productividad e ingresos. La expansión de sectores manufactureros más sofisticados puede contribuir a modificar gradualmente esa estructura, siempre que venga acompañada de capacitación y de una mayor demanda por trabajadores especializados.

Por eso, el valor de una nueva inversión industrial no debería medirse únicamente por la cantidad de empleos directos que genera.

También debería observarse qué capacidades deja detrás.

Cuántos proveedores nuevos aparecen. Qué conocimientos se incorporan. Qué servicios comienzan a desarrollarse. Cuánto aumenta la productividad. Qué nuevas exportaciones se vuelven posibles. Y, sobre todo, cuánto de esa actividad puede permanecer y multiplicarse dentro del Paraguay.

Esta mirada cambia también la forma de entender el proceso de industrialización paraguayo.

El país no parte de cero. La industria ya representa una parte significativa de la economía, genera empleo, atrae inversión y participa cada vez más de las exportaciones. El desafío es profundizar ese proceso y lograr que su crecimiento tenga un impacto cada vez mayor sobre el resto de la estructura productiva.

En otras palabras, Paraguay necesita pasar gradualmente de una lógica basada solamente en producir a otra basada también en desarrollar capacidades.

La diferencia es importante.

Producir más puede aumentar el volumen de una economía. Desarrollar capacidades puede modificar su estructura.

Y esa transformación es la que permite que una economía capture una mayor proporción del valor que genera, forme capital humano, fortalezca empresas locales y construya nuevas ventajas competitivas.

Por eso, el debate sobre la industria paraguaya no debería limitarse a cuántas fábricas existen hoy o a cuánto exporta el sector. La pregunta de fondo es qué tipo de ecosistema productivo queremos construir alrededor de ellas.

Si cada nueva inversión consigue integrarse con proveedores locales, incorporar tecnología, formar talento, generar servicios especializados y abrir nuevas oportunidades de exportación, su impacto puede superar ampliamente el resultado de una sola operación empresarial.

Ese es, probablemente, uno de los grandes desafíos económicos de Paraguay para los próximos años: no solamente acelerar la industrialización, sino aumentar su profundidad.

El objetivo no debería ser tener más fábricas por el simple hecho de tenerlas. Debería ser conseguir que cada nueva actividad productiva contribuya a construir algo que permanezca en el país después de que la primera inversión haya sido realizada.

Porque una industria puede generar producción.

Pero una economía industrial genera capacidades.

Y cuanto más capaces sean esas cadenas productivas de conectar materias primas, empresas, tecnología, servicios, trabajadores y mercados, mayor será la posibilidad de que Paraguay transforme sus ventajas actuales en una estructura económica más productiva, diversificada y competitiva.

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