Crédito columna: Mario Contreras, consultor estratégico
El crecimiento y la inversión han fortalecido la posición del país. El siguiente desafío es más complejo: demostrar que las instituciones, las empresas y los mercados pueden evolucionar al mismo ritmo que una economía que está cambiando de escala.
Durante los últimos años hemos hablado mucho de las fortalezas de Paraguay. Y con razón.
Estabilidad macroeconómica, energía, costos competitivos, crecimiento, grado de inversión y una capacidad cada vez mayor para atraer capital y desarrollar proyectos de mayor escala. Todo eso importa. Pero creo que estamos llegando a un punto en que ya no es suficiente para explicar hacia dónde va el país.
Cuando una economía crece, también se vuelve más compleja. Aparecen empresas más grandes, inversiones más importantes, nuevos instrumentos financieros, mayor disponibilidad de crédito y relaciones comerciales que involucran a más actores.
Y con esa nueva dimensión aparecen también nuevos riesgos. Por eso quizás la discusión que Paraguay necesita ahora no sea solamente cómo seguir creciendo, sino cómo hacer que nuestras instituciones, empresas y mecanismos de control crezcan al mismo ritmo que la economía.
Crecer exige algo más que crecer
Esto no es muy diferente de lo que ocurre dentro de una empresa.
Una organización pequeña puede funcionar durante años dependiendo directamente de sus propietarios. Muchas decisiones se toman informalmente, los controles son simples y buena parte del conocimiento está concentrado en pocas personas.
Pero cuando esa empresa duplica o triplica su tamaño, ese modelo comienza a mostrar sus límites.
Necesita procesos, controles, información confiable, gestión de riesgos y una estructura capaz de sostener lo que antes dependía de unas pocas personas.
Si esa estructura no evoluciona, el crecimiento que inicialmente parecía una fortaleza puede terminar exponiendo debilidades que antes no eran visibles.
A nivel país ocurre algo parecido. Mientras mayor sea el tamaño de nuestra economía y de las inversiones que queremos recibir, mayor tendrá que ser también la capacidad institucional para acompañarlas.
La confianza se demuestra de otra manera
Durante mucho tiempo Paraguay necesitó construir confianza demostrando estabilidad.
Era necesario mostrar disciplina fiscal, estabilidad monetaria, reglas competitivas y condiciones favorables para invertir. Ese trabajo ha producido resultados.
Pero existe otra dimensión de la confianza que probablemente empiece a ser cada vez más importante. La confianza institucional. Y esa confianza no se demuestra solamente cuando todo funciona bien. Se demuestra especialmente cuando algo deja de funcionar.
Una empresa puede enfrentar dificultades. Una inversión puede fracasar. Un ejecutivo puede tomar una mala decisión. Una institución puede asumir riesgos que posteriormente resulten mayores de lo previsto. Eso ocurre en todas las economías.
La diferencia está en lo que sucede después.
¿Los problemas son detectados?
¿Existen controles?
¿Los reguladores tienen capacidad para actuar?
¿La información aparece oportunamente?
¿Las responsabilidades pueden determinarse?
¿El problema puede ser contenido sin comprometer al resto del sistema?
Son preguntas menos atractivas que hablar de crecimiento o de nuevas inversiones, pero son precisamente las preguntas que comienzan a hacerse cuando una economía alcanza un nivel mayor de desarrollo.
No se trata de proteger una imagen
A veces existe la tentación de pensar que reconocer un problema puede perjudicar la imagen de un país. Creo que ocurre exactamente lo contrario.
La confianza no se construye intentando demostrar que nunca sucede nada negativo. Se construye demostrando que, cuando ocurre, existen mecanismos capaces de enfrentarlo. Un inversionista serio no espera encontrar un país donde ninguna empresa quiebre, ningún proyecto fracase o ninguna institución tenga dificultades. Eso sería poco realista.
Lo que sí espera encontrar son reglas claras, información confiable, supervisión, contratos que se respeten y procedimientos que funcionen cuando aparecen situaciones difíciles. Eso también es seguridad jurídica. Y también es competitividad.
El crecimiento obliga a elevar los estándares
Esta discusión resulta particularmente relevante porque Paraguay está comenzando a recibir proyectos de una dimensión diferente.
Industria, energía, infraestructura, tecnología, logística y capital internacional están empezando a configurar oportunidades que hace algunos años tenían una escala considerablemente menor.
Pero cuanto mayor es una inversión, más profunda es también la evaluación que realiza quien decide dónde colocar su capital.
El costo de la energía importa.
La carga tributaria importa.
La ubicación geográfica importa.
Pero también importan el gobierno corporativo, la capacidad institucional, la transparencia, la calidad de la supervisión y la previsibilidad frente a situaciones adversas.
Ahí comienza una competencia diferente.
Paraguay ya no compite solamente por ofrecer ventajas. Empieza a competir por demostrar madurez.
También debemos mirar cómo estamos creciendo
Quizás esto nos obligue incluso a modificar algunas de las preguntas que hacemos.
Celebramos cuando una empresa crece. Pero también deberíamos observar si sus controles y su estructura evolucionan con ella.
Celebramos cuando aumenta el crédito. Pero deberíamos preguntarnos si la capacidad para administrar el riesgo aumenta a la misma velocidad.
Celebramos cuando llegan grandes inversiones. Pero también importa cuánto fortalecen proveedores, capital humano e infraestructura.
Celebramos cuando aparecen nuevos instrumentos financieros. Pero necesitamos mercados capaces de evaluar correctamente el riesgo que representan.
No porque debamos desconfiar del crecimiento.
Precisamente porque queremos que sea sostenible.
Una oportunidad para Paraguay
Paraguay tiene condiciones que muchos otros países quisieran tener.
Pero creo que la siguiente etapa requiere algo más que seguir mostrando esas ventajas.
Requiere construir instituciones que acompañen esa transformación, empresas mejor gobernadas, mercados más transparentes y una cultura empresarial que comprenda que crecer no consiste solamente en hacerse más grande.
También significa hacerse más sólido.
Los problemas van a aparecer. En Paraguay y en cualquier economía.
La madurez de un país no se mide porque nunca tenga dificultades.
Se mide también por su capacidad para detectarlas, enfrentarlas, corregirlas y aprender de ellas.
Quizás esa sea una de las pruebas más importantes de la etapa que Paraguay comienza a transitar.
Ya no solamente demostrar cuánto puede crecer, sino qué tan preparado está para administrar las consecuencias de ese crecimiento.
