Las cuentas de la Administración Central muestran una brecha que empieza a ser difícil de esconder detrás de los indicadores de crecimiento: al cierre de julio, los ingresos acumularon una suba de apenas 1,2%, mientras que el gasto aumentó 9,7%.
El resultado fue un déficit fiscal de G. 4,714 billones, equivalente al 1,2% del PIB. Si se amplía la mirada a los últimos 12 meses, el rojo asciende a G. 10,4 billones, o 2,6% del PIB, acercándose al límite de 3,2% previsto para el cierre del año.
La brecha entre ingresos y gastos
Entre enero y julio, la recaudación tributaria aumentó 2,3%, sostenida principalmente por los impuestos internos, que crecieron 11,2%. Sin embargo, los impuestos vinculados al comercio exterior retrocedieron 12,2%, mientras los ingresos o tributarios bajaron 2,7%. El resultado final fue un crecimiento de apenas 1,2% en los ingresos totales.
El deterioro es particularmente visible en los recursos provenientes de las entidades binacionales, que cayeron 23,7% en términos acumulados. El propio informe atribuye parte de esta variación a la apreciación del guaraní, que impacta sobre los ingresos expresados en moneda local. Pero más allá de la explicación cambiaria, el dato revela una menor contribución de una fuente relevante para las cuentas públicas.

El gasto crece casi ocho veces más que los ingresos
Del otro lado de la ecuación, el gasto total aumentó 9,7%. Es cierto que hubo mayores desembolsos en salud, educación, seguridad y programas sociales, pero el dato que debería ocupar el centro del análisis es otro: el crecimiento del gasto está muy por encima del crecimiento de los recursos disponibles.
La ejecución en sectores estratégicos aumentó, con salud creciendo 14,4%, educación 13,1%, programas sociales 10,1% y seguridad 14,1%. Las remuneraciones también tienen un peso significativo: el 80% se concentra en Educación, Salud y las fuerzas públicas. El informe destaca que la relación entre salarios e ingresos tributarios se ubicó en 53,6%, por debajo del promedio histórico, pero eso no elimina la presión que representa la masa salarial sobre las finanzas públicas.
Uno de los aumentos más pronunciados aparece en medicamentos, cuyo gasto creció 21,5% frente al mismo periodo de 2025. Sin embargo, este incremento no puede interpretarse únicamente como una expansión de la atención sanitaria: el propio Situfin aclara que incluye pagos asociados a obligaciones pendientes con proveedores. Es decir, parte del salto responde a la necesidad de ponerse al día con compromisos acumulados.
Algo similar ocurre con las prestaciones sociales. El gasto aumentó 15,6%, impulsado por jubilaciones y pensiones, Adultos Mayores y, especialmente, las transferencias para alimentación escolar, que aumentaron 105,5%. Son partidas socialmente sensibles y difíciles de cuestionar por su finalidad, pero desde el punto de vista fiscal significan también mayores compromisos recurrentes para el Estado.
La inversión crece, pero el dato necesita una segunda lectura
La inversión pública alcanzó G. 3,841 billones y aumentó 12,3% en términos acumulados. El MOPC fue el principal impulsor, con una ejecución 38,9% superior a la registrada hasta julio de 2025. A primera vista, el número podría presentarse como una señal contundente de mayor inversión estatal.
Pero hay un matiz importante: el propio informe explica que el mayor dinamismo de la inversión estuvo asociado a la ejecución del MOPC en un contexto de regularización de obligaciones pendientes con empresas contratistas. Por lo tanto, el aumento del gasto registrado como inversión no necesariamente equivale, en su totalidad, a nuevas obras o a una expansión equivalente de proyectos físicamente ejecutados.
El dato más incómodo aparece cuando se anualiza el resultado. El déficit fiscal alcanza G. 10,4 billones, equivalente al 2,6% del PIB, mientras el resultado primario —antes del pago de intereses de la deuda— también permanece en terreno negativo, en torno al 1% del PIB. El propio MEF proyecta que el año podría cerrar con un déficit de 3,2% del PIB.
La lectura, entonces, no debería limitarse a cuánto aumentó el gasto en salud, educación o inversión. La pregunta fiscal de fondo es cuánto tiempo puede mantenerse un gasto que crece cerca de ocho veces más rápido que los ingresos sin generar una presión mayor sobre el déficit y el endeudamiento. Hasta julio, los números muestran que el Estado todavía gasta bastante más rápido de lo que consigue incrementar sus recursos.
El crecimiento económico ayuda, pero no resuelve la cuenta
El propio Situfin incorpora un escenario macroeconómico más favorable: las distintas instituciones revisaron al alza sus proyecciones de crecimiento para Paraguay en 2026, y el IMAEP acumulaba una expansión de 5,6% a junio.
Sin embargo, un mayor crecimiento no significa automáticamente cuentas públicas equilibradas. La fotografía fiscal de julio deja una señal concreta: la economía puede crecer, pero si el gasto público sigue expandiéndose a un ritmo muy superior al de los ingresos, el déficit no desaparece; se acumula. Y con un déficit anualizado de 2,6% del PIB, el margen para seguir aumentando el gasto sin una mejora equivalente de los ingresos empieza a ser cada vez más estrecho.

